Y yo, que pensaba que lo más bonito en el mundo era un cielo lleno de estrellas una noche de verano, comprendí que no hay nada más perfecto que tú espalda erizada a mi tacto con todos tus lunares brillando.
Y yo, que cada noche subía a mi terraza para mirarlas, me subo ahora a tu espalda para rozarlas. Y ¿qué tacto tienen? El tacto del amor
Y yo, sigo ciega por las luces de las constelaciones de tu espalda y que cada noche hasta el alba me quedo mirando y contemplando, a ver si veo una fugaz para pedirle que precisamente nuestra fugacidad se quede en eso, en estrellas.